
Hacía mucho que no me sentaba a escribir con el propósito de en verdad escribir algo. Me pesa porque era un hábito en mí que no recuerdo bien cuándo perdí. Me pesa porque me recuerda al momento incómodo de saludar al pariente lejano a quien no tienes nada qué decirle. Me pesa porque enfrentarme a la página en blanco no me emociona sino que me aterroriza. Me pesa porque me di cuenta de que la costumbre se pierde y la inspiración se atrasa, se atora, se conmueve por la incertidumbre y prefiere quedarse dentro, esperando, como si fuera parte de un público atento para no dejar de burlarse del primer error que busque salida; los demás pensamientos feto lo juzgarán por su atrevimiento y yo notaré su padecer, me conmoveré yo también y lo volveré a archivar en ese montoncito de ideas fracasadas, desperdiciadas, estériles que ahora se lamentan y me culpan por no defenderlas como esperaban. Al mismo tiempo, las muertas valientes ya están resignadas e incluso se cobijan unas a otras para, al menos, consolarse por el trágico aborto que les di.
Escribo y me acuerdo de mí, de mi juventud resignada y enamorada y atrabancada, que en realidad son la misma calamidad, me acuerdo de mi época de competencia, donde tenía que escribir por impresionar y terminaba impresionada. Me atormentaba de noche por no poder escribir lo que padecía, y me angustiaba de día por pensar que llegaría la noche.
Viajar ayuda. La inspiración está en los aviones y en las carreteras, en los discos malos que se repiten cada viaje y en el olor a gas de los baños públicos; en los hoteles no tanto, pero en la playa, uy en la playa uno se inspira como nunca; debe ser la mezcla del horizonte poético a las 6 de la tarde con el sonido del mar y las alucinaciones por calor. Yo fui a la playa y me siento inspirada (un abrazo a mis ideas truncas, ya llegó su madre). Me siento como cuando alguien se ofrece a destaparme una cerveza y la saboreo antes de que me la entreguen, o como al pagar unos zapatos nuevos me imagino caminando en ellos con la boca pintada de rojo, o como cuando llueve y antes de asomarme a la ventana ya huele a lodo, o como cuando canto y siento que se escuchó bien, o como cuando entro a un estadio vacío con alguien que sabe que disfruto los estadios vacíos. Es un momento delicioso que me aprieta los músculos que nunca se mueven, y en mi caso son la mayoría. Es también una sensación muy similar a la noche antes de entrar a la escuela, cuando sabes que ya está todo listo para empezar a hacer lo que tienes que hacer, lo que debes. Yo tengo que escribir, en realidad todos tenemos que hacerlo, y todos debemos aferrarnos a ese momento de iluminación que nos inquieta y hasta hace que nos sentemos derechitos. Así que ya, ahora sí me voy a poner a escribir.
l.n.p



